viernes, 17 de agosto de 2012

Dejame ser niña una niña una vez más

   Permanecimos tomadas de la mano unos pocos segundos, pero ese pequeño momento se multiplicó  en lo profundo de mí ser hasta alcanzar el infinito.
   Ella solo me miraba y sonreía, su rostro era calmo y sereno, como el mar en verano cuando amanece. Yo en cambio temblaba,  nerviosa e insegura, sin embargo esa energía que se movilizaba  en mi interior hacía que me sintiera realmente bien.
   Esa magia pronto se desvaneció,  sin decir nada Simone me soltó. Se dirigió hacia el chico con el que había llegado, le dijo algo en el oído, se rieron y luego se fueron del lugar.
   Yo me quede perpleja, muda, sin comprender la situación. Esa sensación de conexión que minutos atrás había sentido entre nosotras, parecía ahora muy lejana. Simone solo se burlaba de mí.   
   Camine hacia la puerta, buscando soluciones  para llegar a mi casa, había gastado el poco dinero que tenía en unos tragos, debería caminar. Estaba absorta en mis pensamientos, cuando tocaron mi espalda, era el chico de cara blanca con el que había bailado toda la noche.
       - Yo te acompaño- dijo sonriente y me tomo de la mano.
  Salimos del lugar, la lluvia había empeorado y el frío de la costa se hacía sentir en la piel y los huesos. El mar se mostraba revoltoso, el viejo muelle  parecía una estructura de cartón a punto de disolverse entre la tempestad y las olas.
    Abrazados corrimos hasta la parada de taxis, tomamos uno y respiramos aliviados. Íbamos silenciosos en el interior de ese coche viejo, yo pensaba en Simone, cuando me interrumpieron.
-          No nos presentamos- me dijo mi compañero de baile sentado ahora a mi costado.
-          Brunella, que extraño, bailar toda la noche con un extraño, tomar un taxi, y no saber ni el nombre, como para que se enteren mis padres.
-          Yo soy Pedro.
Pedro comenzó a revisar entre sus bolsillos, y con cara preocupada dijo:
-          Perdí la billetera en el bar, no tengo plata para pagarle al taxista
-          ¿Cómo que perdiste la billetera? yo no tengo un peso.
El taxista que estaba escuchando la conversación, inmediatamente frenó el auto y nos obligo a bajarnos.  La lluvia continuaba, pero el viento y el frío eran menores que en la costa. Empezamos a caminar, yo maldecía en mi interior y me lamentaba por haberme alejado de mis amigas. Pedro en cambio parecía tranquilo, se mostraba sonriente, me miró me tomo de la mano nuevamente y comenzó a correr. Luego de dos cuadras llegamos a una plaza, solo tenía dos hamacas y un tobogán, nos sentamos en las hamacas y empezamos a reírnos, era tan hermoso sentir la lluvia sobre mí,  lo ridículo de la escena generaba en mí una diversión que hacía mucho no experimentaba. Mientras me balanceaba en aquella tormenta volví a sentir en mi a aquella pequeña niña, si... ella aún vivia en mi interior.

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