Camine un buen rato, hasta una plaza que se encontraba sobre una colina, en las afueras de la ciudad. Aquel sitio me ofrecía una visión absoluta del lugar, me hacía sentir distante del resto, observaba todo desde las alturas, la gente se veía tan pequeña. Imaginaba sus vidas, sus proyectos, sus dificultades, pensaba que las personas eran solo eso, una minúscula parcela en el universo. Luego me veía a mí misma caminando sobre esas callecitas, con mí cabeza ocupándose de mil cosas, siempre en aquel lugar llegaba a la misma conclusión: me daba demasiada importancia. Tal vez era esa la razón por la cual subía hasta allí, necesitaba quitarme esa insoportable pesadez que a veces me abatía.
Me senté en una roca y comencé a leer, me encontraba en la parte más atrapante de aquel libro, cuando un sollozo agudo y casi imperceptible me interrumpió. Parecía lejano, provendría de alguna de las pocas casas habitadas de la zona, intenté continuar leyendo, pero el sonido se hizo más fuerte y me empecé a incomodar. Caminé bastante tiempo hasta llegar al lugar, desde cerca pude escuchar más claramente, era el quejido de un animal. La zona era rocosa, y con grandes pastizales, estuve buscando entre los arbustos largo tiempo, hasta que lo encontré. Era un pequeño perro que había quedado atrapado en un hueco entre dos rocas, pegaba grandes saltos intentando salir de la trampa en la que había caído. Sus ojos eran grandes, me miraba fijo implorando ayuda, me conmovió su actitud tan necesitada. De un salto entre en el hueco, lo tome entre mis manos y lo arroje hacia la superficie, luego sin mucho esfuerzo, pude escalar y salir yo también de allí.
Cuando salí, el canino ya no estaba, vi que caminaba con una pata lastimada hacia una capilla abandonada que se encontraba frente a la plaza. Empezaba a oscurecer, pero me dije que sería muy cruel dejarlo en ese estado, ese animal necesitaba ayuda.
