A pesar de la lastimadura el canino era veloz, sus patas, cortas pero agiles, saltaban arbustos y troncos, yo en cambio, más bien pesada y lenta seguía su paso con dificultad. Ya no estaba segura de si trataba de ayudarlo o era solo un empecinamiento en alcanzarlo. Por aquella época solía obstinarme en las acciones olvidando muchas veces los fines por las cuales las había emprendido.
Cuando estaba a punto de caer por falta de aire y fuerzas, lo vi ingresar a través de un hueco en una pared en un pequeño edificio de estructura triangular escondido tras unos árboles. Sobre las paredes crecía una gran enredadera que hacía pasar el lugar desapercibido a la distancia. Parecía una casa encantada, similar a las que aparecían en los cuentos de mi niñez.
Como era delgada yo también logré pasar a través del hueco, pero una vez en el lugar una sensación de angustia subió desde mi estomago hasta mi garganta.
¿Qué hacía en aquel lugar? ¿Porque había insistido en seguir a aquel animal que poco parecía necesitar de mi. Me senté entre unos escombros dudando, quería conocer el resto del lugar, pero sentía miedo, ahí comprendí que el animalito indefenso era yo, pequeña, sin fuerzas, temerosa. En vano era intentar conseguir compañía de un perro, no era la primera vez que me mentía, fingiendo ayudar a alguien lo único que en realidad buscaba era ayudarme a mí misma. En la oscuridad comencé a llorar, sentí que aquella tristeza infinita, que se había acumulado durante mucho tiempo en mi interior comenzaba a salir poco a poco con cada lágrima que dejaba ir.
